Un viaje de mil millas debe empezar con un paso. Lao Tsé

viernes, 24 de septiembre de 2010

Aplausos y Risas

Cuando uno sale del país sabe que se puede enfrentar ante los empleos más insólitos. Hay periodistas que se convierten en los mejores meseros de la ciudad y dicen que su vena culinaria los llamaba, hay psicólogos que se convierten en telefonistas de oficio con lo cual además de ayudar a formular una queja para la empresa de telefonía también ayudan a su interlocutor a encontrar ciertas respuesta de su ira contenida. Hay licenciados en letras que disfrutan de cuidar niños que por las noches se convierten en los mejores oídos a la hora de la lectura nocturna de ensayos o poemas de su propia autoría.

Cada quien tiene que buscarse un camino en países donde todo parece estar ya inventado. Sólo aquellos que son contratados por una multinacional, petroleras, plantas nucleares o trata de blancas son los que se escapan de vivir las aventuras del pluriempleado que no tiene nada que ver con el “proletariado” sino con ese emigrante que para hacerse de una vida en un país desconocido finge locura temporal y acepta lo que le ofrezcan.

Hace un tiempo viví en Madrid, casi tres años de aventura. Soy de la fiel creencia que todos en algún momento deberíamos salir del país a ver que está ocurriendo afuera. Vivir la experiencia de manejar otros acentos, idiomas y tratar de mezclase con gente que poco tiene que ver con nuestro contexto habitual. En mi búsqueda de nuevas oportunidades de vida y sobre todo en mi crecimiento laboral traté de meterme por donde hubiese un huequito que me permitiese sobrevivir en un lugar donde el menor trabajo te daba unos euros para poder pagar la renta de la habitación.

Uno al marcharse dice, “si me tocase lavar baños, pues lo haría”. Una vez que la cosa se pone chiquita y te encuentras con la escobilla y el coleto en la mano la cosa cambia; la verdad uno no estaba tan seguro que lo del baño era lo correcto. Como lo mío es la actuación, traté de incursionar en cuanta agencia de casting, caza talento, comerciales, extras para series de TV, extras en películas y afines. Esperé un tiempo prudencial mientras hacia una que otra cosa y las llamadas de estas agencias llegaron. Crucé varias calles en comerciales, fingí ser un comensal en restaurantes como parte de alguna película, participé en extra en series de TV y hasta fui el doble fotográfico de David Beckham. Con la diferencia que a mí me pagaron 100 euros la hora y al señor Beckham 4 millones de los mismo euros.

Todo marchaba bien hasta que uno se topa con las vacaciones. Una vez que comienza el verano o llega diciembre los trabajos merman y las llamadas ya no entran. Me encontraba yo haciendo de extra en un comercial junto a Alejandro Sanz (bueno junto, junto, lo que se dice junto no. Alejandro cantaba en el comercial y yo era parte del público en el anuncio de TV). Ese día de invierno conocí a unos maracuchos que andaban en lo mismo. Extras por aquí y tigres por allá. Ellos al conocerme me dieron un dato. “Cuando la cosa se ponga mala hay unas agencias que reclutan público para aplaudir en los programas de TV”. Yo al oír aquello palidecí. No hice caso del comentario, me dieron un teléfono que no quise apuntar y en lo que pude me alejé de ellos. Pensé para mis adentros, una cosa es que eventualmente yo haga de extra en una película española y otra muy diferente es que aplauda en los programas de cotilleo.

Efectivamente la crisis llegó. Y con ella mi desesperación por encontrarme a los maracuchos que tenían los teléfono de aquellas agencias. Los conseguí y asistí como un turista curioso al primer programa. Me fui a Plaza Castilla en Madrid y me subí a un autobús que me llevó hasta los estudios del canal Antena 3, me dieron una media canilla rellena de embutido, un jugo y me pasaron a un estudio enorme donde se realizan los programas diarios de un espacio llamado “Salsa Rosa”. Con ese nombre es fácil imaginar el contenido de las dos horas de programa, la Bomba de Televen es un niño de pecho ante lo que esos conductores lanzan por esa boca.

Una vez allí, nos sientan en unas gradas. Yo sólo observaba. Me di cuenta que la mayoría de la gente que aplaude son extranjeros, que en su gran medida no hablan español porque provienen de la Europa del Este. Los que sí entendíamos la lengua nos colocaron en la primera fila. Llega un coordinador y comienza a dar unas indicaciones: cuando la noticias son negativas todos tienen que hacer “Uuuuuhh”. Cuando el comentario de los animadores es alegre, pues le meten risas. Y cuando yo alce mis manos todos aplauden. Practicamos varias veces hasta tomarle el guiño al señor que en plan de mimo arengaba a la masa para que se enardeciera ante los comentarios.

Arranca el programa en vivo con un panel de “periodistas” que cubren la fuente ‘rosa’. Comenzamos con aplausos tímidos que iban desde la entrada de cada uno de los panelistas hasta zapatear en las sillas por los comentarios punzantes que pretendían destruir la imagen de ciertos personajes. En el fragor de los aplausos me convertí en uno más de la masa que reía, golpeaba sus manos como foca y abucheaba sin miedo a comentarios fallidos. Sin pensarlo me fui olvidando de las muchas veces que critiqué este tipo de televisión para pasar a ser parte de un público ubicado en un Coliseo donde los famosos son tirados a la arena y las bestias logran desnudar su vidas privadas. Se acabó el programa, recobré la compostura, recibí 15 euros por haber aplaudido por 2 horas y en seguida el coordinador me preguntó: ¿Vienes mañana? Pensé en los próximos 15 euros y acepté. Luego pensé, en definitiva, aplaudir no le hace daño nadie y cuando mis amigos me pregunten qué tal voy en la búsqueda del éxito, les diré: Está muy cerca, ya siento los aplausos.